¡Un almuerzo distinto!
Hoy sentada almorzando observé a la gente.
Me fui a Foster Hollywood, un lugar estilo Weekend el venezolano y me llevé un libro (ASSASSINI)…
A menudo cuando no traigo comida de casa hago esto, libro en mano me voy a Foster, pido 1/2 pollo barbecue con ensalada y leo y disfruto del propio silencio, porque el de afuera, no es el Tíbet precisamente, pero me logro aislar con pasmosa facilidad.
Me senté en una mesa para cuatro, hoy quería esa esquina específica del lugar que me mantiene como escondida, oculta en mi silencio, en mi libro. Así que ahí lo abrí y empecé a leer varias páginas hasta que me percaté de la gente a mi alrededor. Sólo otra persona estaba comiendo sola y las demás, pues bien, hablando, contando, gesticulando… Pero lo que más me sorprendió fue una mesa contigua que tenía cerca. Me impresionó muchísimo la cara de atención que le prestaba un chico a otro. Atención perfecta, limpia, pura, sus ojos clavados en su interlocutor de forma sensata y constante. Ése hombre, joven, calvo, estaba entregado a ESCUCHAR lo que le decían. No había ni un asomo de interrupción con su voz, ni un reflejo del ceño fruncido objetando o enjuiciando algo. No habían ademanes forzosos ni expresiones de asombro. Sólo ESCUCHABA, sólo prestaba atención y comprensión al otro chico que le hablaba.
Me conmoví. Me conmoví profundamente porque haciendo espejo en mi propio ser, no sé si yo escucho de ésa manera, lo dudo ahora que vi a aquél ser. No sé cuánto me entrego cuando escucho a alguien, no sé cuánta atención ofrezco. Supongo que la actitud de aquél hombre me impactó tanto, que ahora son las 3.45 p.m. y acabo de venir del restaurante y estoy escribiendo esto.
No me importa cuánta gente habla, hablamos todos, yo puedo hablar infinitamente si no hago un STOP, puedo hablar eternamente.
Lo que me importó este mediodía, fue observar la paz y la serenidad de la forma de TOMAR EN SERIO A OTRA PERSONA que te expresa sus sentires. Y debo aclarar que no eran dos sacerdotes, ni dos viejos ancianos contándose los recuerdos. No, eran dos hombres de unos 35 años, jóvenes, altos, sencillos, normales. Y aún estoy impresionada por la capacidad de escucha de uno de ellos.
Sé que fue una lección para mi de ésas que mandan de allá arriba de vez en vez y que hacen que me analice y me “revise”.
Si, revisar lo que llevamos dentro, analizar nuestros actos con el prójimo, que a veces cuesta tanto llevarlos positivamente.
Hoy, y mientras caminaba de regreso pensé y me puse en los zapatos del señor que escucha tanto como del señor que expresa.
Todos tenemos cosas que decir… pero a veces debemos callar para escuchar otras más importantes.
Un abrazo, Alejandra.
Me fui a Foster Hollywood, un lugar estilo Weekend el venezolano y me llevé un libro (ASSASSINI)…
A menudo cuando no traigo comida de casa hago esto, libro en mano me voy a Foster, pido 1/2 pollo barbecue con ensalada y leo y disfruto del propio silencio, porque el de afuera, no es el Tíbet precisamente, pero me logro aislar con pasmosa facilidad.
Me senté en una mesa para cuatro, hoy quería esa esquina específica del lugar que me mantiene como escondida, oculta en mi silencio, en mi libro. Así que ahí lo abrí y empecé a leer varias páginas hasta que me percaté de la gente a mi alrededor. Sólo otra persona estaba comiendo sola y las demás, pues bien, hablando, contando, gesticulando… Pero lo que más me sorprendió fue una mesa contigua que tenía cerca. Me impresionó muchísimo la cara de atención que le prestaba un chico a otro. Atención perfecta, limpia, pura, sus ojos clavados en su interlocutor de forma sensata y constante. Ése hombre, joven, calvo, estaba entregado a ESCUCHAR lo que le decían. No había ni un asomo de interrupción con su voz, ni un reflejo del ceño fruncido objetando o enjuiciando algo. No habían ademanes forzosos ni expresiones de asombro. Sólo ESCUCHABA, sólo prestaba atención y comprensión al otro chico que le hablaba.
Me conmoví. Me conmoví profundamente porque haciendo espejo en mi propio ser, no sé si yo escucho de ésa manera, lo dudo ahora que vi a aquél ser. No sé cuánto me entrego cuando escucho a alguien, no sé cuánta atención ofrezco. Supongo que la actitud de aquél hombre me impactó tanto, que ahora son las 3.45 p.m. y acabo de venir del restaurante y estoy escribiendo esto.
No me importa cuánta gente habla, hablamos todos, yo puedo hablar infinitamente si no hago un STOP, puedo hablar eternamente.
Lo que me importó este mediodía, fue observar la paz y la serenidad de la forma de TOMAR EN SERIO A OTRA PERSONA que te expresa sus sentires. Y debo aclarar que no eran dos sacerdotes, ni dos viejos ancianos contándose los recuerdos. No, eran dos hombres de unos 35 años, jóvenes, altos, sencillos, normales. Y aún estoy impresionada por la capacidad de escucha de uno de ellos.
Sé que fue una lección para mi de ésas que mandan de allá arriba de vez en vez y que hacen que me analice y me “revise”.
Si, revisar lo que llevamos dentro, analizar nuestros actos con el prójimo, que a veces cuesta tanto llevarlos positivamente.
Hoy, y mientras caminaba de regreso pensé y me puse en los zapatos del señor que escucha tanto como del señor que expresa.
Todos tenemos cosas que decir… pero a veces debemos callar para escuchar otras más importantes.
Un abrazo, Alejandra.

0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home