sábado, septiembre 04, 2004

A Samuel...

Esta noche se cae en estrellas… la lluvia cesó de bailar y los latidos de la luna peinan tu sonrisa.
Esta noche viniste a mi mente como el amor sublime que duerme en mi Alma, en ése rincón sagrado de las ilusiones y los desmembramientos de los quereres…
Esta noche me llamas de lejos, como un viento que acaricia mi silencio…
Te oí, algunas veces puedo oírte… pero permanezco en quietud para ver si te quedas un rato más a mi lado…

Esta noche me llamas desde donde se anidan los querubines y las hadas bendicen con salpicaduras de estrellas.
Al caer la luna, tocas a mi puerta una vez más, la invades y te haces presente apabullándome la felicidad…

Aún te espero… espero con ansias tu presencia para volcarte la Vida a besos…
Aún, después de una década, espero por ti...
Y sé que llegarás y te quedarás, para robarme del alma la sonrisa y multiplicarla como el sonido del río y abrazarme el amor con gotas de rocío…

Te quedarás, para enseñarme a ser lo que aún no soy, para enseñarme a conocer tu piel, tus ojos, tus manos y tu sonrisa y decirme en qué lugar formo parte yo de tus poros… Esos poros tuyos, en parte míos… nuestros…

No importa cómo… esta noche te vi sujetar mi mano y rozar mi mejilla con tu Aliento…

Ya llegarás a mi desde los luceros, cuando el pergamino de la Vida elija el momento, lo endulce con melaza de amor y suprima mi silencio… Ése, que aún en sueños, te habla en secreto…

A mi hijo Samuel… para cuando vengas y te anides en mi vientre… para cuando desees deslumbrarme con amaneceres por siempre…
Tu mamá...